Muchas de las personas que no escalan, o que lo ven como un deporte muy duro, sacrificado, arriesgado se preguntan... ¿Para qué subir si luego tienes que bajar?
Recuerdo que en una ocasión me encontré con una señora haciendo un curso de aventura en el que parte del mismo consistía en rapelar, acción que a la señora le pareció muy atrevido, divertido y emocionante. A esta mujer lo más arduo y desagradecido le pareció la escalada, el hecho de subir, tanto es así que al final de todo me inquirió: "Pero entonces, vosotros escaláis para poder luego rapelar, ¿no?"
La escalada, sea como sea, no suele dejar indiferente a nadie que lo prueba. O bien te gusta mucho - qué mucho, muchísimo; o por lo contrario lo aborreces. Los que opinan lo primero ya han sido picados por el bicho de la escalada, para el cual aún no se ha encontrado cura. Los segundos son personas que por lo general opinan que no merece la pena tanto esfuerzo, energía y sacrificio por el placer de llegar a la cima, de encadenar.
A mí personalmente me produce una satisfacción tremenda el ponerme metas, trabajar duro por lograr mis objetivos, y no dejar de sorprender y superarme a mi misma. Consigue que te conozcas un poco más, y todo esto en un entorno maravilloso y lleno de gente que siente lo mismo que tú. En definitiva, es más que un deporte.
No lo podría definir mejor que Lynn Hill, escaladora americana pionera:
"Para mí, la escalada es una forma de exploración que me inspira para enfrentar mi propia naturaleza dentro de la naturaleza. Es el medio de experimentar un estado de conciencia donde no hay distracciones ni expectativas. Un estado intuitivo de ser que me permite vivir verdaderos momentos de libertad y armonía."


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